noviembre 29, 2015

¡Estoy recuperándome!


Fue un grito de desesperación.


Pero no te preocupes, esa desesperación ya pasó. Me he tenido que tomar mi tiempo para poder hablar de ello. No fue tan terrible como lo hago parecer, simplemente no estaba preparada.

En realidad, ¿quién está preparado?

Escuché cientos de veces cómo sería; mi mamá, mi hermana, mis tías, mis amigas, mi suegra, mis abuelas, mis compañeras de trabajo, conocidas... todas y cada una de ellas me contó su experiencia o de alguna  conocida.

Pero nadie nunca me dijo cómo sería si las cosas no saldrían cómo se esperaba. Nadie dijo cómo sería estar internada por una semana, ser el experimento de miles de practicantes, estar bajo el cuidado de diferentes doctores a los que mi situación les parecía complicada, pero no lo suficiente como para hacer algo al respecto. Nadie dijo cómo es saber que la vida de tu bebé puede estar en peligro, al igual que la tuya, sin siquiera poder notarlo.

No, nunca me sentí mal. Siempre les pareció extraño.

Es imposible creer que de un día para otro, la vida cambia, y las circunstancias te pueden hacer desear cualquier cosa, hasta lo que nunca imaginaste poder llegar a desear algún día.

Faltaban alrededor de dos meses para la fecha probable de parto.

Dos meses que mi bebé necesitaba para crecer hasta el punto de estar listo para salir al mundo exterior.
Dos meses que le arrebaté de un estado de comodidad y seguridad.
Dos meses...

Después de estar la semana internada, después de llenarme de medicamentos cada ocho horas y de llenar muestras de sangre para múltiples estudios que tenían que realizarme, salí del hospital.

Esos días fueron eternos, nunca imaginé llegar a sentir que un día duraba más de 24 horas. Cada minuto que pasaba más ahí, excedía de 60 segundos, y el que seguía era aún más eterno, y así continuamente.

Llegué sintiéndome bien, sin saber exactamente qué pasaba. Mi estancia en el hospital fue desagradable, lo único que quería era salir para ya no sentirme tan mal, y cuando salí, me sentí peor.
Duré dos días en casa, sin poder moverme, sufría al intentar levantarme y caminar, la cabeza me dolía a tal grado de no soportar más, mis pies dejaron de ser herramientas para caminar y se convirtieron en una bomba de tiempo. Nada se sentía bien. Nada en absoluto.

Pasé de ser una futura mamá emocionada a un ser desdichado. Y llegué a caer en un lago de egoísmo que me hizo desear que mi bebé naciera esos dos meses antes. No pensé en su bienestar al estar dentro del vientre. No pensé en su estabilidad, en su desarrollo, ni en cómo su vida cambiaría. No pensé en nada más que en mi dolor. Me destruyeron como ser humano al decirme que todo acabaría en el momento que el bebé naciera.

No puedo evitar sentir vergüenza, aunque en ese momento lo único que quería era un alivio, era respirar sin sentir que me ahogaba, acostarme sin sentir que mi cabeza iba a explotar y estar sin sentir que mi piel se rompería. Luego, llegó el momento de ir de nuevo al hospital.

Dos días duré fuera.

Cuando iba en camino, me invadió el miedo, sólo pensaba en que llegaría, les explicaría cómo me sentía y ellos me darían algo para aliviar el dolor, y yo volvería a casa a dormir en paz.

¡Qué fácil es ilusionarse!

La realidad me pegó de golpe en el momento en que abrieron la puerta de "Urgencias ginecológicas", en ese instante supe que no saldría de ahí esa misma noche.

Eran aproximadamente las 11:00 horas de un viernes 25 de septiembre. Nunca lo olvidaré. Estaba a cargo un interno (así lo llamaron) acompañado de una enfermera muy amable. Antes de preguntarme qué sucedía, me dieron una bata y me pasaron a la cama, en menos de un minuto ya tenía el suero corriendo por mis venas. Con ansías le pregunté a la enfermera qué me harían, respondió que tenían que hacerme unos estudios. ¿Otros?, justo ahí perdí cualquier esperanza de volver a casa esa noche. Al esperar los resultados, el doctor me explicaba lo que ya cuatro doctores me habían explicado unos días atrás. Corríamos riesgo, lo sabía, pero también sabía que estaba de nuevo en el hospital por mí decisión. Yo quise volver. Si yo hubiera aguantado un poco más...

No lo sé. Es confuso. No puedo evitar sentirme culpable, pero a veces me invade un sentimiento extraño al imaginar que hubiera aguantado más y que las cosas se hubieran complicado, sin llegar a sentir siquiera un signo de alarma. ¿Qué hubiera pasado con mi bebé? ¿O conmigo?... Nunca supe qué tan grave podría llegar a ser. Cada doctor lo explicaba diferente.

Sin embargo, siempre cabe la posibilidad de que no hubiera pasado nada, de que todo hubiera salido bien, como se espera en cualquier embarazo. Sólo debía aguantar unas semanas más...
Es ahí cuando me siento terrible.

Ya pasaron dos meses y cuatro días desde aquella noche.

No supe a qué hora me dieron la mala noticia, algo salió diferente en los estudios y tenían que hacerme la cesárea lo antes posible. Recuerdo que sentí de todo. Miedo, emoción, frustración, culpa, emoción, miedo, ansiedad, emoción, preocupación. Todo en ese orden y después todo al mismo tiempo.

Poco después te vi entrar, junto con mi mamá. Los dejaron verme una última vez antes de la operación. Nunca olvidaré tu mirada. En ese momento, todo desapareció, sólo estabas tú ahí conmigo. Sentí un poco de esa seguridad que había perdido, al saber que no era la única que estaba asustada. De alguna u otra manera, me reconfortaste.

Siempre has sido ese algo que me tranquiliza en los peores momentos. Ese día no dejaste de serlo.

Minutos después me prepararon para entrar a quirófano. Nunca dejé de temblar. Lo único que pensaba era que no quería que mi bebé naciera aún, sabía que aún no estaba listo.

No sé cuánto duró, para mí todo fue eterno. Cuando logré aceptar que ya no había otra opción, que en poco tiempo vería a mi bebé, me emocioné muchísimo y sólo quería escuchar su pequeña voz para saber que estaba bien.

Vaya espera, a la 01:22 am. sucedió. Fueron los sonidos más tiernos que jamás había escuchado. Su voz, tan frágil como él. Fue un alivio saber que estaba bien. Lo vi de lejos y sólo quería correr a verlo y cargarlo, pero no pude. No pude siquiera tocarlo, no me dejaban mover los brazos. Querían tener todo controlado, cada cinco minutos checaban mi presión, así que no podía moverme mucho. Pero lo vi, ese pequeño instante fue eterno. No importó más. Lo que faltaba de la operación me la pasé con él en mi mente. No podía esperar para tenerlo entre mis brazos.
Cuando estaba en recuperación, te vi y me tranquilicé. Me dijiste que pudiste ir a verlo. De nuevo tu mirada. Sabía que faltaba poco.

Lo difícil vino después.

Cuando desperté ya en el cuarto, sabía que no tardarían en llevarme a mi bebé, desde que estuve internada, sólo eso pasaba, llegaban las mamás y al poco tiempo les llevaban a los bebés... Nunca me lo llevaron.

Algo no estaba bien. No podía pararme aún y nadie me decía nada.

Habían llevado a mi bebé a la "Unidad de cuidados intensivos neonatales" y no podía verlo. Los horarios de visita eran sumamente reducidos a diez minutos a las once de la mañana y otros diez minutos a las cuatro de la tarde. El primer día no pude ir a verlo. Al siguiente hice todo lo que pude, tenía que levantarme a pesar del dolor, tenía que ir a verlo, a decirle que lo sentía, que me perdonara...

Cuando entramos y me dijiste "es el de allá", mi corazón se detuvo, el mundo entero se detuvo. Sólo eramos nosotros tres. No pude decirle lo que tenía pensado, se me olvidó todo. Ahí estaba, tan pequeño y frágil. Me invadió toda la felicidad del universo. No sabía si reir o llorar de alegría. Realmente, no recuerdo qué fue lo que salió primero. Pude acariciarlo más no cargarlo como quería. Me quedé sin palabras en ese momento y hasta ahora no encuentro las correctas para describir lo que sentí.

Es magnífico.

Después de unos días, decidieron darme de alta al comprobar que mi presión estaba bajo control con todo el medicamento que me administraron. Ese día salí del hospital sin mi bebé.

¿Puede existir un dolor más grande?

Me costaba mucho ir al hospital a verlo. Moría de ganas, pero debía guardar un poco de reposo. Me perdí algunas visitas al principio, fue lo peor. Después no importaba qué tan mal me sentía, o qué tan hinchados tenía los pies. No me importaba nada, tenía que ir a verlo y pasar esos escasos minutos con él.

Fueron tres semanas de una terrible tortura.

Afortunadamente, no tuvo ninguna complicación, sólo era el bajo peso lo que lo mantenía internado. Pero de igual manera jamás logré dejar de sentir esa horrile angustia.



...Ya pasó un mes y medio desde aquél entonces.

Ahora, es extraño recordar todo eso.

Ahora, puedo disfrutar a mi bebé cada día de la semana, saber que está bien, ver que está bien.
Cualquier preocupación es mínima comparada con lo que nos tocó vivir.

Ahora comprendo, de esta felicidad es de la que todos hablaban cuando me contaban tales experiencias... Aunque todo sentimiento en sus relatos queda corto a comparación de lo que hoy puedo sentir.


He vuelto a vivir, una y otra vez, cada día, cada segundo que paso con él.



Es mi vida.


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