[Mors certa, hora incerta]
Lo
confieso, cada vez tengo más miedo de dormir por no presagiar aquellas memorias
quebrantadas en la oscuridad de la noche. Imágenes que jamás había visto pero
sin embargo me acosan cada vez que la luna se incrusta en el cielo y cada vez
se vuelve más certero este sueño recurrente, ¿Sueño he dicho? Pesadilla, que se
estaciona en la cabecera de mi cama y me susurra palabras con sus pálidos
labios. Algunos los llaman don, otros una maldición pero yo, yo sólo creía en
la coincidencia que estos ocasionaban.
Hubo
uno que me perturbó más que ocasiones anteriores; fue el de ayer. Yo tratando
de no dormir para no incurrir en un mundo donde todo es oscuro y no existe nada
más que dolor y desesperación, donde se hallan ocultas mis más recurrentes
frustraciones y donde no existe algún lugar para esconderse. Prosigo entonces,
ya estaba dormido; no me di cuenta de lo viciado que era el lugar, muy similar
a mi casa pero había algo diferente, obviamente. Saliendo de mi cama y tocando
el piso que estaba tan frío, como aquellas esperanzas que siento de vez en
cuando, me dirigí al cuarto de mi madre ya que sentía un pálpito incorregible.
Una vez dentro ahí, la escuché llorar. Por supuesto que me partió el corazón,
de pronto trate de encender la luz y al no poder me le acerqué. Estaba sentada
en la cama, a la orilla donde está su espejo, donde se ve todos los días para
arreglarse, y allí me di cuenta de lo inminente: No era ella. Era como un
maniquí, con la piel pálida, falsa. Voltee a ver su rostro, tenía una gran
sonrisa, unos labios enormes, ojos… negros como si en realidad no tuviese, la
nariz, en extremo puntiaguda y brotando sangre de cada uno de sus orificios
faciales. Era un escenario terrorífico y desolado. Ella me miró y mostró unas
imágenes que no tendrían sentido en eso momento. Las cuales fueron:
1.-Un
carro. Era un automóvil antiguo, la verdad, la marca y modelo no eran notorios
pues sólo era la silueta de uno.
2.-Un reloj de manecillas que mostraba las 10
en punto.
3.- Un látigo y una máscara de cuero.
De
pronto desperté, súbitamente, y como es obvio empecé a cuestionarme sobre aquel
sueño perturbador. Rápido me levanté y verifiqué que mi madre estuviese bien.
Todo estaba dentro de la normalidad… y
la realidad. En eso pensé que ya había pasado algo así, con los hermanos
de mi abuela y el vecino, había soñado sus muertes, la manera en que iban a
perecer pero se veía con exactitud cómo sucedería y dónde se situarían las
“victimas”.
Sólo
que esta vez era diferente, demasiado confuso, sin esclarecerse, como aquella
laguna que cuando el cielo quiebra en llanto y empiezan a caer las lagrimas de
la noche, hace que el agua se altere, no dejando ver el reflejo de uno mismo.
Daba vueltas sobre mi cabeza qué podría significar aquella epifanía. ¿Realmente
las otras muertes, con relación a mis sueños, de Juana, Olegario y de Mario
eran mera coincidencia? En está ocasión tenía que comprobar de una vez por
todas si realmente era eso o si aquella misteriosa mujer maniquí era una
manifestación de algo más allá de los entendimientos humanos. Además así podría
evitar (si fuese cierto) una muerte o preparar a la persona a afrontarla, ¡No
sé! La situación se hacía cada vez más desesperante, me tranquilicé un poco y
comencé a analizar ciertas similitudes como el hecho de que los tres miembros
eran conocidos míos, eso, era irrefutable. También el otro hecho era que había
visto el dónde de su fin y pude sentir casi con exactitud el momento en que
aquel brote de agua que surge del manantial de la vida iba a cesar. Es por eso
que concluí que el carro, el reloj y los objetos de cuero eran el lugar y hora
del fallecimiento de una persona cercana a mí, ¿Pero de quién se trataba? ¿De
un familiar? ¿De un conocido? ¿De otro vecino? Sentí un poco de responsabilidad,
¿Sabes? Al saber que una vida va a acabar. Puedes llegar a tener la sensación
que de pronto está en tus manos pero se
va a través de tus dedos como arena o agua y tienes que ser diligente en
tu decisión, si la dejarás fluir junto con el río o aislarla en una cubeta
donde estará presente hasta que de improvisto sea ella misma quien se dirija al
torrente.
Me
puse a razonar sobre dónde podría ser el lugar de la defunción y sólo tenía
como referencia las figuras antes mencionadas porque con conocer esta parte
únicamente debía observar el sitio y percatarme si algún conocido, familiar o no,
aparecería.
De
una manera incomoda e insegura indagué sobre el paradero de todos mis
familiares y conocidos, ¿Qué representaba aquella máscara y látigo de cuero
respectivamente? ¿Tienda para adultos? Ninguna de esas personas trabaja o era
de dueña de uno de esos establecimientos. Acaso, ¿Sería dentro de una sex-shop?
No lo creo, ya que había un auto en mi “visión”, entonces, tendría entonces que
ser fuera de ella. Al parecer ya estaba atando cabos. Con el reloj era obvio,
tendría carácter de occiso la persona dentro de la hora mostrada en las
manecillas. Por último, el carro, ¿Qué coche era? No lo recordaba por alguna
razón. Pero, ¿Quién demonios no tiene un carro estos días? Sería algo difícil.
Así que me dirigí a lo que sería lo más largo y aburrido de esta historia.
Busqué en los establecimientos previamente escritos, viendo de añadidura la
relación que guardaban los sujetos posibles de la muerte con estos primeros, ya
fuese para comprar algo ahí o simplemente pasar enseguida de ellas.
Pasaron
varios días de una manera totalmente intrascendente, sin incidentes y con
muchas dudas e incredulidad. Había perdido todo interés en la epifanía, ya ni
siquiera estaba teniendo pesadillas. Parecía todo normal.
Llegué
a mi casa y estaba oscura, algo raro pues era temprano, entonces me dirigí a la
cocina por un poco de comida pero no había absolutamente nada. Todo me parecía
muy extraño al estar mi hogar tan solo y silencioso.
-¿Dónde
están todos?- Me pregunté.
Iba
a subir las escaleras pasando por la sala cuando escuché un pequeño sonido,
como si fuesen uñas arrastrándose lentamente con verdadera fuerza en el vidrio
y volteando rápidamente reparé en algo en la ventana.
-¡Demonios!
¡¿Qué fue eso?!- Grité, corriendo a la cocina para agarrar alguna navaja o
utensilio filoso.
Había
sido una silueta de una persona que, al asomar su cara en la ventana, pude
observar su rostro totalmente desfigurado y pálido que me veía a través de
ella. Ahora estaba hundido en la oscuridad, consumiéndome poco a poco el miedo
y la soledad. Me dirigí nuevamente a la sala dónde se localizaba la ventana,
aquella en la que ese sujeto tenebroso se había asomado. Estando en este lugar
de la casa empecé a sentir como si estuviese en un anfiteatro, no pudiendo ver
ni siquiera mis manos. Aún así seguí avanzando y adentrándome más en las
tinieblas. Con ímpetu se prendió la televisión, deslumbrando mis ojos, y fijándome en ella, advertí que había un
texto que se veía muy borroso como si estuviese mal puesta la antena. Seguí
acercándome escuchando un ruido estrepitoso, agudo, enajenado, sumiéndome al
caos mismo pero, no me dejé vencer. Ahora sí estaba frente a él, algo singular
pues el pasaje se encontraba en inglés, mientras que mi persona se hallaba
atónita frente al aparato conjeturando aquellas letras en blanco. Decía así:
“The car is
on the crash because
The 10:00 o
clock is now on the watch
The sadist is the one who has put the price while
Your masochist body receives destruction and demise.”
[El coche está en el accidente porque
El reloj marca
las 10:00 en punto
El sádico es
quien ha puesto el precio mientras que
Tu cuerpo
masoquista recibe destrucción y muerte.]
En
lo más inesperado del momento surgió un haz de luz, sin pensarlo me dirigí a él
y en un momento fulminante todo volvió a la normalidad pero yo estaba en un
estado catatónico.
Esta
vez no estaba del todo claro, ¿Masoquista? ¿Sádico? ¿Qué se supone que
significa eso? Acaso, ¿Es alguien, un oscuro señor demoniaco, que busca
alimentarse del alma de algún inocente? Sigue sin tener sentido pues no me
especifica quién es el implicado en ese marchito destino.
Y
pasaron nuevamente los días y yo sin una respuesta clara, buscando y buscando
alguna coincidencia que pudiera conectarme con ese suceso próximo.
Entonces
sucedió lo más impactante que hasta ahora había sucedido. De nuevo en mi casa,
aconteció. Un silencio abrumador, del cual no podía escapar empero se escuchó
un ruido a lo lejos, era una música ensordecedora, pero yo la conocía, la debía
de conocer seguramente, como un camino me guié hasta ella. Cegado por la música
no me di cuenta que mi hogar era ahora un pasillo larguísimo que cada vez se
volvía más oscuro y tenebroso mientras que la armonía aumentaba en su fuerza,
llegando al punto de estar muy activa, rebosando impetuosamente en todo ese
sitio sin conocer. Los coros, los instrumentos, el eco que hacía que llegará
hasta el fondo de tu alma quemando tu interior con el canto. La melodía era
fascinante pero a la vez era tan sombrío. Otra vez hundido en la lobreguez, no
obstante con dirección hacía la música, sentía la frialdad que me quemaba la
piel y el sentimiento absurdo de una rara nostalgia sobre el lugar.
Realmente
llegué a percatarme que estaba donde aquel ritmo me condujo. Era… Era Mozart,
era su enigmático Réquiem. Claramente me veía en un momento absolutamente incómodo.
Experimentaba cómo el canto me desnudaba los tímpanos y me acariciaba la piel.
La muerte, había llegado. Derrumbado en mis pensamientos, y sin poderme mover
de improvisto apareció un destello y en este estaba un apagador. Por supuesto
que estaba inseguro, ¿Qué consecuencias tendría aquel instrumento? Sin pensarlo
de más, lo activé y lo que sucedió después fue que la habitación se iluminó.
Era mi cuarto, pero estaba revestido como una prisión, con paredes viejas,
suciedad, sangre y grandes textos en ellas. Impresionado por aquella
imagen no podía si no ponérseme la piel
en crispada. Incluso con esa armonía entristecedora y exorbitante me dispuse a
leer las paredes. Me sorprendí violentamente al darme cuenta de que era aquel
verso en inglés, escrito una y otra vez. Confuso empecé a gritar, a maldecir, a
blasfemar, a arañarme el rostro y a desmoronarme, por supuesto, en aquel
aposento con una increíble anomalía.
Inmediatamente
(una vez que me había derrumbado en la terrible angustia que me provocaba todo
ese instante) figuré la silueta de una mujer, era como la mujer maniquí, sólo
que esta vez, era normal, como alguien vivo, reluciente y rebosante de vida.
-¡Estúpido! -dijo
ella- Haz sido tan orgulloso y arrogante, interponiendo muros y obstáculos con
dudas y vergüenza, tanto, que has obstruido la verdad. Siempre tuviste la
respuesta, pero te negaste a verla. No te podíamos mostrarla pues tú te
bloqueaste, te hiciste esclavo de la incertidumbre, te encadenaste a la falsa
razón dejando a un lado tu instinto natural. No obstante, ahora, que no hay
rencor hacia ti, eres libre y puedes ver la realidad. Adelante.
No
podía ser, estaba completamente estupefacto
-Acaso… ¡Esto no tiene
importancia ahora, después vendrán los cuestionamientos! –Pensé
improvisadamente.
Acercándome
a uno de los muros del dormitorio observé detenidamente el verso.
“The car is
on the crash because
The 10:00 o
clock is now on the watch
The sadist is the one who has put the price while
Your masochist body receives destruction and demise.”
¿Cómo
había podido permitir pasar algo así? ¡El nombre estaba ahí! Efectivamente
estaba ahí. Y yo, me impuse una ilusión, una falsa apreciación de la realidad,
verdaderamente había… creado muros y obstáculos.
Tomando
las palabras y números remarcados, los junté y sin poner ningún espacio formaban
car10:00sadistmasochist. Evidentemente estaba inmerso el nombre de
“Carlos” en ese conjunto.
-Pero ¡¿Cuál Carlos?!
-Dije gritando, abrumado por aquel pronto epílogo de la vida de un conocido.
Me
calmé un poco y comencé a distinguir que “Sadist” sólo había tomado la primera
letra, con esto, analógicamente, titubeando y con el corazón galopando
vehementemente, acomodé ahora el nombre de quién fuese el siguiente difunto de
mis conocidos. Ahora realmente formaba un nombre: Carlos M.
Era
Carlos Mexia, el único “Carlos M.” que conozco, un viejo amigo que conocía
desde el bachiller, y que ahora sería el siguiente de una lista interminable de
personas. Era el próximo y no podía hacer nada para impedir el fallecimiento de
él.
Por
eso ahora escribo esta carta, para advertirte Carlos, buen amigo, que tomes las
precauciones posibles pues de ahora en adelante no te espera otro rumbo. No sé
a ciencia exacta cuándo será la ocasión pero no se puede evitar un final. Que
esté escrito o no, es real, y también sumamente trascendente dudar sobre un
verdadero propósito de la vida y la muerte, pues únicamente está el que el
hombre le da: como una conclusión, como otra vida, o simplemente la
intrascendencia. Cualquier opinión que sea la tuya, prepárate y prepara a tus
seres queridos, pues las ceremonias no se hacen para los muertos si no para que
los vivos, que justifican tu muerte con una transición creando un estado mental
en el que emocionalmente amortiguarán la caída de tu pérdida.
En
este instante antes de tu partida, en este momento de certeza de que estás
vivo, mientras comprendes mis palabras y lees el sentimiento encontrado de ellas,
en la precisión de este instante y analizando lo anterior; sí tiene propósito
una despedida o, al menos, por lo que acontecerá más adelante. Aún así, a
sabiendas de que algún día perecerás (hecho irrefutable que siempre se avecina
en las noches más oscuras en las que no puedo llego a conciliar el sueño por
temor al conocimiento y por el poder que otorga esta sabiduría) concluyo pues,
que, sin embargo, la muerte realmente es insólita e incierta.
Fin.